Francisco Robles, Bodegas Robles
Premio San Isidro a la Excelencia Agroalimentaria 2026 · Montilla-Moriles
¿Qué supone para Bodegas Robles recibir el Premio San Isidro a la Excelencia Agroalimentaria 2026?
Para Bodegas Robles supone una enorme satisfacción y, sobre todo, una responsabilidad. San Isidro representa el vínculo profundo con la tierra, con quienes la trabajan y con una forma de entender la agricultura basada en el esfuerzo, la paciencia y el respeto.
Este premio reconoce una trayectoria colectiva: la de una familia, un equipo y una bodega que lleva muchos años defendiendo que la excelencia agroalimentaria no consiste solo en hacer buenos productos, sino en hacerlos de una forma coherente con el territorio, con el medio ambiente y con las personas.
También lo sentimos como un reconocimiento a Montilla-Moriles, a la uva Pedro Ximénez y a una manera de elaborar vino que tiene historia, identidad y futuro.
¿En qué momento de la trayectoria de la bodega llega este reconocimiento?
Llega en un momento muy significativo. Bodegas Robles es una bodega familiar con casi un siglo de historia, pero también es una bodega que sigue haciéndose preguntas y buscando nuevos caminos.
Venimos de muchos años de trabajo en producción ecológica, sostenibilidad, economía circular, eficiencia energética, biodiversidad y valorización de productos tradicionales. Este reconocimiento llega cuando todo ese recorrido empieza a entenderse no como una rareza o una apuesta aislada, sino como una forma sólida y necesaria de producir.
Fueron pioneros en apostar por la producción ecológica cuando todavía no era una tendencia consolidada. ¿Qué les llevó a tomar esa decisión?
La decisión nació de una convicción muy sencilla: no podíamos elaborar vinos con identidad si no cuidábamos el origen, que es el viñedo. A finales de los años noventa, hablar de producción ecológica en el vino no era fácil. No había una demanda clara, el mercado no lo pedía como ahora y, en muchos casos, se veía con escepticismo.
Pero nosotros veíamos que el viñedo necesitaba otro manejo. Había que recuperar vida en el suelo, favorecer la biodiversidad, trabajar con cubiertas vegetales, reducir dependencias externas y entender la finca como un ecosistema, no como una fábrica de uva.
También influyó mucho una idea: la fertilidad del suelo no se compra, se construye año tras año. Esa visión nos llevó a apostar por la viticultura ecológica y por las levaduras autóctonas, buscando vinos más auténticos y más ligados a nuestro territorio.
¿Qué ha supuesto y supone ser parte de la familia Ecovalia desde sus comienzos, y que ahora cumple 35 años?
Ecovalia ha sido una pieza fundamental en el desarrollo de la producción ecológica en España y especialmente en Andalucía. Formar parte de esa familia desde sus comienzos ha supuesto compartir una visión con muchas personas que, en su momento, también tuvieron que abrir camino.
Cuando empezamos, la producción ecológica necesitaba credibilidad, organización, formación y defensa institucional. Ecovalia ha contribuido a todo eso: a estructurar el sector, a darle voz y a demostrar que la agricultura ecológica no era una moda, sino una alternativa seria, profesional y con futuro.
Que ahora cumpla 35 años confirma que aquel movimiento pionero tenía sentido. Para nosotros ha sido una casa común, un espacio de aprendizaje y también una plataforma para seguir defendiendo un modelo agroalimentario más responsable.
¿Qué ventajas aporta hoy la producción ecológica tanto al consumidor como al propio viñedo?
Al consumidor le aporta confianza, trazabilidad y una forma de consumo más consciente. Un producto ecológico no es solo un producto sin determinados tratamientos de síntesis; es el resultado de un sistema de producción regulado, auditado y orientado a reducir el impacto ambiental.
Pero donde más se nota es en el viñedo. La producción ecológica mejora la vida del suelo, favorece la biodiversidad, ayuda a conservar la materia orgánica y aumenta la resiliencia de la planta frente a situaciones de estrés. En un contexto de sequía y cambio climático, esto no es secundario: es estratégico.
¿Cuál es el valor que el consumidor actual tiene del esfuerzo de producir en ecológico?
El consumidor ha avanzado mucho, pero todavía queda trabajo por hacer. Hoy hay más sensibilidad hacia lo ecológico, la sostenibilidad y el origen de los alimentos. Muchas personas ya entienden que detrás de un producto ecológico hay más trabajo, más control y más compromiso.
Sin embargo, no siempre se valora suficientemente el coste real de producir de esta manera. La producción ecológica implica asumir riesgos, dedicar más mano de obra, cuidar el suelo a largo plazo y aceptar que no todo puede medirse solo en rendimiento inmediato.
Creo que el reto está en explicar mejor. No basta con poner un sello en la etiqueta. Hay que contar qué significa ese sello en el campo, en la bodega, en el paisaje y en la comunidad local.
¿Cómo se consigue equilibrar innovación y tradición en una bodega con tanta historia?
No entendemos la innovación como una ruptura con la tradición. Para nosotros, innovar muchas veces consiste en volver a mirar lo que hacían nuestros mayores, pero con las herramientas y el conocimiento actuales.
Montilla-Moriles tiene una tradición extraordinaria: la Pedro Ximénez, los vinos generosos, las criaderas y soleras, la crianza biológica, la crianza oxidativa, los vinagres, los productos derivados de la uva. Nuestra labor es proteger esa herencia, pero sin convertirla en algo inmóvil.
Innovamos cuando trabajamos con energía fotovoltaica, cuando medimos la huella de carbono, cuando recuperamos botellas rellenables, cuando desarrollamos productos como el agraz-verjus, o cuando aplicamos economía circular. Pero todo eso parte de la misma raíz: respeto por la tierra, por la uva y por el oficio.
¿Está preparado el sector vitivinícola para afrontar desafíos como el cambio climático y la sequía?
El sector tiene conocimiento, capacidad técnica y experiencia, pero no podemos decir que esté plenamente preparado. El cambio climático ya no es una amenaza futura: está afectando a la maduración, al equilibrio de las plantas, a la disponibilidad de agua y a la gestión de las vendimias.
La sequía obliga a tomar decisiones serias. No basta con esperar años mejores. Hay que trabajar el suelo para que retenga más agua, mejorar la materia orgánica, proteger la biodiversidad, adaptar prácticas culturales, revisar calendarios y apostar por variedades y manejos más resilientes.
La viticultura ecológica no resuelve todos los problemas, pero aporta una base muy valiosa: suelos más vivos, plantas más equilibradas y una mirada menos cortoplacista. El sector tiene que acelerar esa transición.
Estamos viendo a más jóvenes apostando por modelos de producción ecológica. ¿Cree que el sector está viendo que es posible mantener la rentabilidad y apostar por modelos agrícolas más sostenibles?
Sí, aunque hay que ser realistas. La sostenibilidad tiene que ser ambiental, pero también económica y social. Si un modelo no permite vivir dignamente al agricultor, no será sostenible por mucho discurso que tenga detrás.
Lo positivo es que muchos jóvenes ya no ven la producción ecológica como algo marginal, sino como una oportunidad de diferenciarse, aportar valor y construir proyectos con identidad. También tienen más formación, más sensibilidad ambiental y más capacidad para comunicar.
Pero necesitan apoyo: precios justos, canales comerciales adecuados, políticas públicas coherentes y consumidores dispuestos a reconocer ese esfuerzo. La rentabilidad en ecológico es posible, pero exige profesionalidad, estrategia y mercado.
¿Qué importancia tienen reconocimientos como este para posicionar los vinos de Montilla-Moriles dentro y fuera de España?
Tienen mucha importancia porque ayudan a visibilizar una realidad que a veces no se conoce lo suficiente. Montilla-Moriles tiene vinos únicos, una variedad extraordinaria como la Pedro Ximénez y un sistema de elaboración con una personalidad enorme.
Reconocimientos como el Premio San Isidro a la Excelencia Agroalimentaria contribuyen a reforzar el prestigio del territorio. No premian solo a una bodega; ponen el foco sobre una zona, una cultura vitivinícola y una forma de entender el vino.
Fuera de España, Montilla-Moriles tiene un gran potencial, pero necesita más relato, más presencia y más confianza colectiva. Tenemos productos singulares, auténticos y difíciles de imitar. Eso es una ventaja competitiva si sabemos comunicarla bien.
Después de este premio, ¿cuáles son los próximos retos y objetivos de Bodegas Robles?
El primer reto es seguir siendo coherentes. Los premios son importantes, pero no pueden distraernos de lo esencial: cuidar el viñedo, elaborar productos con identidad y mantener una empresa familiar viva y útil para su entorno.
Queremos seguir avanzando en sostenibilidad, economía circular, eficiencia energética, biodiversidad y reducción de huella ambiental. También queremos continuar innovando en torno a la uva Pedro Ximénez, no solo en vinos, sino también en vinagres, agraz-verjus y productos gastronómicos derivados.
Otro reto importante es comunicar mejor. Tenemos que acercar Montilla-Moriles a nuevos consumidores, especialmente a quienes buscan productos auténticos, ecológicos y con una historia real detrás.
¿Cuál es el mayor aprendizaje que le ha dado la tierra?
La tierra enseña humildad. Uno puede planificar, invertir y trabajar mucho, pero al final la naturaleza siempre tiene la última palabra. Cada campaña es distinta y cada año obliga a aprender de nuevo.
También me ha enseñado que los resultados verdaderos no son inmediatos. Un suelo fértil, un viñedo equilibrado, una bodega coherente o una marca con credibilidad se construyen con tiempo, constancia y respeto.